Opinión

Tras las huellas de Antonio de Osorio (parte VII)




El entramado diseñado por Estados Unidos en lo relacionado con la parte de su población negra, que había alcanzado la libertad para 1824, vio en el territorio de la española, un espacio que ofrecía mayores ventajas, para el establecimiento de los libertos, que el seleccionado en África.

Más ventajoso, aún cuando logran que quien corra con los costos de reclutamiento, transporte y gastos de primeros días de estadía, de los negros libertos norteamericanos, a establecerse en la española, fuera el gobierno haitiano.

En 1816, fue fundada la Sociedad Americana de Colonización (ACS, por sus siglas en ingles). Dicha fundación se atribuye a un activista racial, de nombre Robert Finley; quien contaba con el apoyo expreso de Thomas Jefferson y el gobierno federal, norteamericano.

La parte logística del proyecto fue entregada al misionero Loring Dewey; quien se comprometió a eliminar del territorio norteamericano, a todos los negros libertos en un período de 50 años.

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La idea de Dewey, según relata Dennis R. Hidalgo en su libro Primera inmigración de negros libertos norteamericanos y su asentamiento en la Española (1824-1826), era:

“Desprenderse de 6,000 jóvenes negros libertos cada año, de ese modo reducir drásticamente el número de nacimientos. En la mira principal para estos colonizadores estaban los hombres entre 14 y 16 y las mujeres entre 12 y 14 años de edad”.

La variación en el plan, de asentamiento, en cuanto al lugar, hacía necesario que Haití nombrara a un representante, que oficialmente legalizara los compromisos, en que incurría el gobierno haitiano, con los negros libertos reclutados. Dicho nombramiento recayó sobre Jonathas Pierre Joseph Marie Granville. A el correspondió ser la contraparte haitiana, que acompañaría a Denwey en los reclutamientos.

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Para Boyer se hacía necesario captar personas con vocación de trabajo agrícola, que dieran vida a su código rural. Por esta razón impartió instrucciones para que le fueran exonerados los gastos de viaje a todo aquel que tuviera en sus planes dedicarse a la agricultura. En los casos de personas asentadas para dedicarse a otras actividades, estaban obligadas a devolver los costos de su viaje, en un tiempo fijado por el gobierno haitiano.

El gobierno federal de Estados Unidos estuvo de acuerdo con el proyecto, tal y como lo planteó Boyer, plegándose a desistir de su demanda de que los libertos norteamericanos pudiesen instaurar un gobierno autónomo, en el lugar donde se estableciesen. Esta petición fue negada por el presidente haitiano, quien reafirmó que los asentados quedaban sometidos al régimen legal del gobierno haitiano.

Las operaciones de la Sociedad Americana de Colonización pasaron a ser ejercidas por la “Asociación negra para la emigración haitiana, en Nueva York”, bajo las directrices de Dewey por parte de EE.UU. y Granville, por parte de Haití. El destino ya no era África, si no la española.

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La lucha, a lo interno del cristianismo, fruto de la reforma reflejadas en América, hizo que las congregaciones protestante, metodistas, presbiterianos y bautistas, mayoritarias en EE.UU., vieran como una gran oportunidad el cisma entre la iglesia católica y el Estado haitiano, para el avance de la iglesia reformada, en la isla de Santo Domingo.

La primera manifestación de esas luchas las habíamos vivido, 218 años atrás cuando el “evitar el ingreso de biblias protestantes a la Española por los puertos de Bayajá, La Yaguana, Monte Cristi y Puerto Plata”, se constituyó en una de las causas de las Devastaciones de Osorio de 1605 y 1606.

El obispo Richard Allen, de la iglesia metodista episcopal, fue uno de los principales propulsores de las emigraciones, de negros libertos norteamericanos, a la isla española, desde 1816 al 1826.

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Esto parecía una buena idea ante el vacío dejado, por la iglesia católica en Haití. Pero no correspondía, con la realidad en que vivía la iglesia católica, en la parte española. Allí, aunque abatida por la pobreza a que la había llevado el abandono de la colonia por España; la iglesia católica, cumplía 322 años, de trabajo pastoral y educativo ininterrumpido, contando desde el proyecto colonizador puesto en práctica por Nicolás de Ovando, en 1502.

El fracaso de la labor educativa y pastoral donde se registraba era en Haití, por razones antes señaladas, en la que pesaban de manera determinante, la imposición del vudú y la barrera idiomática en que se constituyó, el creole.

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Los fundamentos en que se apoyaba la reforma protestante, en sus críticas a la iglesia católica; para esta eran cuestionamientos, pero para la población general, que vivía bajo el vudú, eran insultos. En todos los lugares, de Haití, donde hubo predicas protestantes, se armaban tumultos y pedreas.

Según un relato recogido por Denni R. Hidalgo, en su obra. En 1838, John Tindal, un misionero wesliano, encargado del distrito de Haití, comentaba: “Regularmente me topo con una brutalidad repulsiva de parte de aquellos que hablan creole y francés en la isla; muy contrario a la hospitalidad que despliegan los que hablan hispano”.

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Los weslianos fueron apresados y echados del territorio haitiano, durante el gobierno de Boyer. Finalmente los negros libertos norteamericanos, de las congregaciones protestantes; fueron asentados, en Puerto Plata y Samaná, donde 191 años después han sido asimilado por la población dominicana.

Aún se conservan evidencias de la labor social y pastoral realizada por estos inmigrantes, en esas dos poblaciones.

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