03/07/2020
Opinión

Tras las huellas de Antonio de Osorio (parte III)




Con las Devastaciones de Osorio, en 1605-1606, la isla de Santo Domingo, se preparó para alojar a dos pueblos que hasta ese momento, eran uno y llevaban un desarrollo equilibrado, bajo el reinado español. El destino histórico, les reservaba un futuro, con un desarrollo, totalmente diferente.

Como resultado del proceso social, político y económico, impuesto por España en su modelo de colonización, la colonia contaba con una propuesta educativa, también contaba con unidad lingüística, religiosa y el concepto de familia a la usanza española. Solo pequeños grupos de negros cimarrones, escapaban a esa realidad.

En este modelo, la cultura ocupaba un lugar preponderante, impulsada fundamentalmente por dominicos, franciscanos, jerónimos y mercedarios. Para 1508, ya había establecidas escuelas y se contaba con autorización para establecer conventos. En 1538, se formalizo la fundación de la universidad Santo Tomas de Aquino, primera de América.

La medida histórica, puesta en práctica por De Osorio, en 1605-06, trae consigo el hecho de que, en parte oeste del territorio de la isla, un segmento de población, mayoritariamente negros africanos y algunos aventureros franceses, en sí continúe su desarrollo, sin contar con la sombrilla cultural que antes les cubría. Más que todo, destaca el componente de evitar el ingreso de biblias protestante que se llevaba a cabo, por los puertos de las ciudades devastadas.

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Con esto último, se deja a la parte oeste de la isla, sin los medios para que el cristianismo sea parte importante, en la vida de la colonia francesa de Santo Domingo, más tardes, el Estado haitiano.

De pronto, con las Devastaciones de Osorio creamos las condiciones para que surgiera una colonia económicamente rica, pero culturalmente pobre, sin una propuesta para la educación y la religión, sin unidad lingüística y sin modelos para la vida en familia.

Con todas esas carencias, socioculturales, el Estado surgido de la colonia francesa, ubicada en la parte oeste de la isla, estuvo apoyado en una nación, sin las características propias que socialmente habrían de definirla.

Tras haber transcurrido 198 años de las devastaciones, lo surgido allí, no pasaba de ser una agrupación humana, donde la mayoría de la población se visualizaba como un instrumento de trabajo, cuyo único fin era engrosar las riquezas de los colonos y su metrópolis.

Así fue reconocida, para su tiempo, la colonia más productiva con que contaba el Viejo Continente, en América y gran parte del mundo. Nada más importaba, aunque para esto, la mayoría de la población hubiera de ser sometida a la más criminal esclavitud.

Según afirman Valentina Peguero y Danilo de los Santos en el texto Visión general de la historia dominicana: “Para 1789, la población de la colonia francesa, hoy Haití, era de 570,000 personas, de las cuales 500,000 (88%) eran negros esclavos, 40,000 (7%) eran mulatos y negros libertos, mientras que la población de blancos era de 30,000 (5%)”.

El 88% de la población, por su condición de esclavo, en Haití, no poseía nociones del cristianismo, no dominaban la lengua del amo y una buena parte de ellos, aun se comunicaban en sus dialectos regionales, africanos, lo que dificultaba la comunicación entre sí.

Se trata de un grupo social, en que la vida del individuo, solo tiene valor en el orden productivo, no humano.

El 7% de la población formada por negros libertos y mulatos, aunque tenían facilidades para acceder a los demás aspectos del desarrollo cultural, estaban influenciados por prácticas religiosas, no cristianas. Quiere decir que el 95% de la población de la colonia más rica de América, no conocía el amor de Dios, que llegó a nosotros través de Cristo.

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La crueldad del trato dado por los amos a sus esclavos, descarta la posibilidad de que el 5%, restante de la población, contara con este conocimiento, lo que nos lleva a afirmar que el 100% de la población de Haití, en 1789, no vivían sobre bases cristianas.

El vacío, dejado por la ausencia del cristianismo, en la evolución que dio como resultado, el pueblo haitiano, fue ocupado por el vudú, una práctica religiosa animista, traída por los esclavos desde África y que en Haití asume algunas particularidades.

El vudú reconoce la existencia de Dios, pero niega su poder rector, en el desarrollo del individuo y todo lo existente; en cambio, plantea que cada individuo posee uno o varios espíritu (Lwa), que son los que dan poder, rigen la vida del individuo y sus relaciones con los demás.

En la práctica, niega el amor al prójimo y la relación se establece a partir del o los espíritus que tenga cada quien para defenderse o atacar. El trabajo en defensa o ataque, es lo que identifica como Wanga. Tanto poder le confiere el vudú, a estas ceremonias, que considera que, con solo el nombre de una persona, se le puede producir daños físicos.

Esto último es la razón de que resulte casi imposible conocer el auténtico nombre de un haitiano, no intelectualizado consideran que al aportar este dato, se hacen vulnerables ante las demás personas. De ahí, una de las razones de que Haití, aún hoy, no pueda acceder a un registro civil respetable de su población.

Contrario al cristianismo, el vudú, es una disciplina religiosa que induce al deseo de maldad, antes que de bendiciones, al odio antes que amor al prójimo. Plantea una lucha individual, sin límites; con una permanente incitación a la ira y al terror psicológico.

Tal práctica limita el desarrollo de instituciones, sólidas, que sirvan de base al orden y al progreso de un país, en tiempo de paz.

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