Opinión

Tras las huellas de Antonio de Osorio (parte VI)




Con la proclamación de su independencia, Haití adquiere el mérito, de ser la primera nación, en que una clase esclava, pasa de tal condición, a constituir una nación independiente.

Si alto es el mérito, fatales serían las consecuencias de tan gloriosa hazaña.

Matizado por lo tortuoso e inusual, de las relaciones entre los diferentes grupos actuantes, en la colonia francesa, especialmente, entre los dueños de plantaciones, blancos y los esclavos, el Haití independiente, desde su nacimiento inició la ruta hacia el empobrecimiento económico y el estancamiento cultural.

Como consecuencia de la revuelta, de 1791, todas las infraestructuras de las plantaciones fueron destruidas, sus dueños fueron muertos o huyeron. Quiere decir que el aparato productivo fue destruido, al igual que los blancos, principales depositarios de la tecnología, que orientaba la producción.

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Las principales confusiones, surgidas, entre los nuevos hombres libres, el 93% de la población, eran: ¿quiénes debían trabajar y a favor de quienes?, en cuanto al lugar de residencia, los nuevos libres, consideraban: “Puedo estar donde yo considere, pues no tengo amo que me obligue a estar donde yo no quiero”.

La libertad, mal entendida, en Haití, rompió el equilibrio entre el “obrero” y la nueva clase dominante.

La vagancia se adueñó del ánimo de la mayoría de la población, solo el llamado de las diferentes constituciones, penalizándola y los reclutamientos en el ejército contribuyeron al aligeramiento, temporal, de tal confusión, en Haití.

Los sacerdotes católicos, franceses, que aún permanecían en la colonia, al momento del estallido de la revolución, corrieron la misma suerte que los dueños de plantaciones, fueron asesinados, por los esclavos revelados.

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Estas acciones llevaron al Estado vaticano a negar el reconocimiento del Estado haitiano, que surgió fruto de la proclamación de su independencia, aun cuando en la constitución, este se aferraba al catolicismo. Haití inicia, con esto, un cisma de 55 años, con la iglesia católica.

Al momento de proclamar su independencia en 1804, se cumplían 198 años, de las devastaciones de Osorio; y Haití, no contaba con una sola escuela y había roto, de manera definitiva, su débil relación con la iglesia católica.

Para la población general haitiana, la presencia de la iglesia católica, no tenía ningún significado, puesto que nunca habían sido sujetos de su atención; el pueblo que se liberó había estado y estaba, abrazado al vudú, su lengua era el creole y su escuela era el hogar.

Las actitudes de los primeros gobernantes haitianos, no brindaron mayor atención, al aspecto religioso y muy poco se hizo a nivel educativo.

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Toussaint, como gobernador colonial “vitalicio» fue apático a la importancia de la labor formativa, de la iglesia católica francesa, aunque en su constitución reivindicaba el catolicismo haitiano.

Dessalines, Cristopher y Petion, ante la falta de reconocimiento del Estado haitiano, por la santa sede, hicieron esfuerzos por restablecer las relaciones con Roma, sin tener éxito; pero es evidente, que el interés, era más de importancia política, que religiosa y formativa.

En los dos últimos, hubo varios esfuerzos, en el tema educativo, llegando a establecer algunos institutos, los cuales no trascendieron, pues solo alcanzaban a la clase pudiente, existente, al momento en Haití.

Notables, fueron las acciones de Alexander Petion, quien además de buscar el acercamiento con Roma durante su mandato, con el apoyo de Prince Saunders, un líder negro de Nueva Inglaterra, EE.UU, procuró el asentamiento de negros libertos, norteamericanos en Haití, fundamentalmente maestros y misioneros de la iglesia Wesliana.

Esto, que en principio parecía un movimiento migratorio espontáneo de negros libertos norteamericanos hacia Haití, más adelante veríamos que respondía a un plan urdido por organizaciones civiles, de EE.UU., con el apoyo del gobierno federal.

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El plan estaba motivado, en el temor que se desató en el pueblo norteamericano, al ver los resultados de la revolución de independencia haitiana que culminó en 1804. De pronto los dueños de plantaciones de Norteamérica, se vieron en el espejo de la suerte corrida, por sus iguales, de Haití.

Por supuesto, que en sus mentes, no pasó la idea de liberar a los esclavos, la idea fue sacar del territorio de Norteamérica a todos los negros libertos, puesto que, en el desarrollo de estos, de acuerdo a sus razonamientos, se escondía la destrucción de la población blanca del país.

Para las autoridades federales, el plan servía, además, para colocar a personas formadas en la sociedad norteamericana, en otras tierras; que le sirvieran como cabeza de playa, para fines futuros.

Este plan, que originalmente se diseñó para realizar asentamientos, en las costas africanas, encontró un interlocutor interesado en Boyer, sucesor de Petion, unificador del Estado haitiano y quien había ocupado la parte española de la isla, en 1822.

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Boyer vio en el empeño de los norteamericanos, la oportunidad de adquirir mano de obra calificada, para poner en ejecución su plan de desarrollo agrícola, misioneros para resolver el problema religioso, personal calificado para resolver el problema de la educación, y fortalecer su plataforma de reconocimiento internacional.

Entre los años 1824 y 1826 arribaron a la isla 6,000 negros libertos norteamericanos, la mayoría asentados en la parte española.

Con estas acciones se registra la primera incursión de los norteamericanos, en los asuntos migratorios entre República Dominicana y Haití. Habían transcurrido 218 años desde las devastaciones de Osorio.

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