Opinión

Tras las huellas de Antonio de Osorio (parte X)

Aproximándonos a una conclusión con el caso haitiano, estamos ante una realidad fruto del fracaso del proceso de colonización francesa, en la parte oeste de la isla de Santo Domingo; fracaso que compromete de manera decisiva a la República Dominicana.

Tal fracaso nos entrega al siglo XXI como vecinos al país más pobre del continente, cuando en el siglo XVIII, le exhibió como la colonia más productiva de la región y gran parte del mundo.

Para que se pudiese dar tal condición, Francia hubo de sacrificar los aspectos culturales de la colonización en favor del aspecto económico. Fue así como permitió que en lo idiomático el creole se impusiera al francés, en lo religioso, que el vudú se impusiera al cristianismo y que en lo educativo, se impusieran las costumbres africanas, sobre la educación francesa.

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Tenemos, entonces, en Haití a un pueblo aislado del mundo por su idioma, religión y costumbres; desconocedores de toda ley o institución propia o ajena. Lo que provoca que no sean depositarios del desarrollo que este ha experimentado.

El cuadro es desolador y preocupante. En el 90%, de la población escasea la alimentación, falta educación, pues este servicio a nivel público tiene una cobertura de entre 10 y 15%; deficiencias en los servicios sanitarios, que traen como consecuencia crisis de salubridad, inexistencia de programas de salud preventiva y en sentido general, difícil acceso a servicios de salud. El desempleo sobre el 50 por ciento y 70%, de pobreza extrema, que hace que la pobreza general, se ubique en más de un 90%.

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Todo esto para nosotros, con una frontera abierta de 390 kilómetros, cuyo control físico, se hace prácticamente imposible.

Ante una situación tan crucial, aislado del mundo del conocimiento que les permita entender su realidad, lo natural es que la población afectada, busque un punto luminoso, que mejore su existencia.

El punto luminoso, siempre ha estado en la parte este de la isla, lo fue durante parte del XVII y todo el siglo XVIII, para escapar de los criminales maltratos, de los colonos franceses, lo fue durante la primera mitad del siglo XIX, cuando aspiraban a extender sus dominios y lo fue los ultimo 50 años, del siglo XX atraídos por la industria azucarera.

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El siglo XXI es el tiempo de una inmigración amistosa, masiva, programada y dirigida por organismos internacionales, rendidos ante la realidad de que Haití, por si, no ofrece solución para Haití.

En eso estamos de acuerdo: los problemas de Haití no tienen solución sin contar con la ayuda de la República Dominicana y el apoyo de la comunidad internacional.

Donde estamos en total desacuerdo es en que el problema se pueda resolver fomentando, animando, promoviendo o protegiendo la inmigración ilegal de haitianos hacia la parte este de la isla. Tampoco lo sería si la comunidad internacional que muestra inquietud por el problema se abra a dar alojamiento a los haitianos.

El problema de aislamiento cultural que se generó en el transcurso de 411 años, si contamos a partir de las devastaciones de Osorio (1606), al día de hoy, 2017, no se resolverá, en corto tiempo ni desbaratando el nido haitiano.

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Se resolverá ayudando a los haitianos en su tierra, a entenderse, a si y entre sí. Hay que transformar al haitiano en Haití para que se pueda transformar Haití.

Los dominicanos estamos conscientes de que nuestro desarrollo es una utopía al lado o junto a un Haití, que muere de hambre, un Haití cuyo norte se ha perdido en el discurrir de la historia. No es posible remontar el vuelo con un lastre tan pesado como lo es el Haití de hoy.

Parecería contradictorio, pero un nuevo y mejor Haití es un mejor mercado para la República Dominicana.

En principio, es inminente la necesidad de que todos los dominicanos, organizados o no, nos encarguemos de desdibujar esos atractivos, que plantean nuestros índices de desarrollo; contribuyendo a que se cumplan las disposiciones de los organismos legalmente establecidos, antes que intentar sacar provecho o alimentar el desorden que se nos quiere imponer.

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Hemos de lograr que el haitiano se sienta más cómodo y seguro, en Haití, que en República Dominicana, sin que tengamos que llegar a la “Masacre del Perejil” de 1937.

Como principales comprometidos, los dominicanos estamos obligados a proponer medidas, que permitan orientar la brújula en la ruta que habrá de seguir ese pueblo, mientras seguimos avanzando, por la nuestra, que nunca será ajena a la suya.

Hasta el momento, las autoridades dominicanas han actuado “como quien está en un bote, con un agujero por donde penetra el agua, extraen una parte de esta y la otra permanece, en el bote; y la que se extrajo vuelve a entrar. A todo esto, no atinamos a buscar y sellar el hueco que permite la entrada del agua”.

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Con las actuales reacciones, el bote está condenado a zozobrar; es solo asunto de tiempo.

El hueco, que es el problema, lo constituye, la violación de los derechos fundamentales de los haitianos en su propio territorio, desde hace más de 411 años: derecho a la educación, a la alimentación, a la salud, entre otros.

Nuestra primera y más sabia decisión es la de recomendar que la primera línea de los organismos de defensa de los derechos humanos de los haitianos, debe fijar oficinas en Haití; lugar donde se inicia la cadena de violaciones de derechos que atormentan sus sueños.

Desde allí, pueden impulsar las iniciativas, con las que evitarían que los ciudadanos, haitianos, corran el riesgo de exigir, en tierra ajena, un derecho, que le ha sido negado, en la propia.

Con esto les rendirían un valioso servicio, tanto al pueblo haitiano, como al dominicano.

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