03/07/2020
Opinión

Tras las huellas de Antonio de Osorio (parte ll)




El mundo que registró la Paz de Basilea, en 1795, ya conocía la revolución de independencia de las Trece Colonias de Norteamérica en 1776. También Había compartido las experiencias de la Revolución Francesa, que decretó el fin de la hegemonía de la nobleza feudal y el advenimiento de la burguesía, como clase dominante y que además nos introdujo a la era contemporánea, en 1789.

Se conocía de José Gabriel Condorcanqui (Túpac Amaru ll), en Perú; de José Antonio Galán y los Comuneros del Socorro, en Nueva Granada; También de las diligencias de Miranda en procura de la independencia de las colonias españolas, ubicadas en el sur del continente.

Es, además, un mundo que ya conocía la abolición de la esclavitud, en Haití en 1794, ratificada, en 1804; tras agotar las complejidades de la revolución, que le llevó a la proclamación de su independencia.

En ese breve trayecto de la historia, que nos lleva a la Paz de Basilea, la parte este de la isla de Santo Domingo, impulsada por el contenido ideológico de los movimientos, antes mencionados, había parido un sentimiento, una identidad, entre muchos de sus habitantes; que no respondía a los intereses del imperio colonial español y mucho menos a cualquier otro interés, extranjero, que pretendiese sustituirlo.

Había antecedentes, de luchas contra el poder imperial, que influían de manera decisiva, en el sentimiento, en el pensamiento de nuestros criollos, negros y mulatos. Resaltan entre ellos la Rebelión de Enriquillo, el cacique alzado en la sierra de Bahoruco, de 1519 a 1533. Nunca fue derrotado militarmente, por los españoles, a los que forzó a negociar; aunque ya su pueblo moría, presa de las enfermedades.

Destaca, también, como si se tratara de un evento de relevo, las Sublevaciones de Negros Esclavos, dirigidas por Sebastián Lemba, de 1538 a1548.

Indios y negros, en la parte este de la isla, habían demostrado, desde el siglo XVl, que cuando se trata de la conquista de la libertad, ningún enemigo es intocable y que solo es necesario, que se den algunas condiciones históricas y que otras sean creadas.

La semilla del patriotismo y la dominicanidad, había sido sembrada; aunque no alcanzara a denominarse, como tal.

En el mismo proceso de las Devastaciones de Osorio se forjaron “Las Cincuentenas”, en 1630, en cuya evolución encontraríamos a nuestro ejército independentista. Estos, que eran grupos de hombres a caballo, armados de lanzas y machetes, tenían como misión matar las reses que no habían sido trasladadas, a la cercanía de la ciudad de Santo Domingo.

También tenían como misión, someter a la obediencia a los reductos de la resistencia, puesta por los ganaderos, que como Hernando de Montoro o Montero, se veían perjudicados, económicamente, con la medida. Igualmente debían rechazar a los bucaneros que seguían incursionando en el territorio de la parte oeste, en busca de ganado.

Del accionar de las Cincuentenas, resultarían las primeras caballerías, con experiencia en el uso de la lanza y el machete, como armas de guerra. Aquellas, que más tardes, se convertirían, en el poderoso brazo militar del sector social hatero; decisivo en la Guerra de la Reconquista y luego en nuestras Guerras de Independencia.

La pericia alcanzada, por los hateros, hubo de ser probada en la batalla de Las Limonadas, en 1691, donde los lanceros, criollos, de Hato Mayor e Higüey, tuvieron una participación destacada, en favor de España, en contra de los franceses.

Dos hechos se pueden señalar, como expresiones criollas de rechazo a las devastaciones: La Rebelión de Hernando de Montoro, apoyado por los ganaderos de Bayajá, en el mismo proceso de las devastaciones. Mas tardes, de 1718 a 1724, La Rebelión de los Capitanes, realizada por hateros y comerciantes, de Santiago y sus cercanías. Afectados por las trabas, impuestas, desde la administración española, al comercio con los mercaderes franceses, que habían fijado puerto en la parte oeste de la isla.

Los fundamentos, de lo que habría de ser, el primer ejército dominicano, también había nacido, aunque solo en el sentido táctico, pues desde el punto de vista estratégico, nunca lo fue.

El azar de la historia, le tenía reservado a nuestros vecinos haitianos, el papel de ser el principal acelerador de nuestra definición, como dominicano y de que, más adelante, surgiéramos como nación libre e independiente.

Ese germen que había nacido con Enriquillo y Lemba, en la tercera, cuarta y quinta década, del siglo XVI cuyo desarrollo se ve impulsado, con las Devastaciones de Osorio, de 1605 y1606; finalmente se ve abonado, cuando por primera vez, somos agredidos y masacrados; en 1801 y 1805, por ejércitos haitianos.

Hechos en que, por primera vez, ninguna metrópolis asume nuestra defensa. Estábamos solos; no éramos pieza de importancia para nadie, más que para el desencadenado, odio haitiano.

Habían pasado 253 años de las rebeliones negras, de Lemba e indígenas, de Enriquillo. Estábamos a 195 años de las devastaciones de Osorio.

Como afirma, Confucio: “La gema no puede ser pulida sin fricción, ni el hombre perfeccionado sin pruebas”.

Esa sensación de soledad, mostró a buena parte de los criollos, negros y mulatos, de la parte este de la isla, que no éramos; españoles, franceses, ingleses y mucho menos haitianos. Aunque dispersa, indefinida e impotente; la dominicanidad, se hacía cada vez más fuerte y empujada a su definición.

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