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De la sala de tortura a la sala de arte en Brasil

Hace unos años había que ser muy bravo para poner un pie a determinadas horas en el lugar donde el lunes abrió sus puertas el Museo de Arte de Río (MAR). En plena zona portuaria y cercado por algunos de los barrios más arrabaleros y deprimidos del centro de Río, el nuevo espacio financiado por la alcaldía y algunos patrocinadores privados —30 millones de euros de inversión— nace con la ambición de convertirse en un museo-escuela (o escuela-museo, según se mire) de referencia para la educación artística de los “desposeídos”, según su director, Paulo Herkenhoff.

Firmado por el estudio carioca Bernardes + Jacobsen, el nuevo museo está formado por dos pabellones de tamaño similar y estéticamente antagónicos. Con una superficie total de 15.000 metros cuadrados, ambos están integrados por una pasarela y tocados por una suerte de toldo de hormigón suspendido sobre columnas que evoca a las ondulaciones de la superficie marina.

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