16/09/2019
Opinión

Escuela, familia y comunidad: nexos ineludibles en RD. (II)




El accionar de nuestras vidas, corrientemente nos lleva a un encierro desde el que solo alcanzamos a ver o llega a interesarnos, el entorno social inmediato, o sea la familia a que pertenecemos y de la que, primariamente, somos responsables. Solo cuando hay un daño de ese entorno exterior, que toca a los nuestros, se logra que despertemos de esa perjudicial indiferencia.

Vale decir, entonces, que al menos en nuestras comunidades con carencias, lo que ocurre en estas, de una manera u otra desencadena consecuencias que tocan a todo el tejido social que la constituye; de este es parte mi familia y tu familia. Si es así, nuestras responsabilidades como miembros de la comunidad y como cabeza de familia, no se detienen dentro de nuestras casas, se extienden tanto como lo haga la comunidad.

Dispersos en la comunidad, sin que atraigan nuestra atención, están los mejores amigos de nuestros hijos, los compañeros del club de la escuela, de las andanzas diurnas y nocturnas; sus grandes amores, sus afectos más puros y también los odios. Por resistentes que sean las paredes de la burbuja, creada alrededor de nuestros hijos, esa ineludible relación se verificará. Es tiempo, entonces de que nuestros horizontes se amplíen y que busquemos las formas de atenderlo todo, sin que se descuide la parte, de la que somos responsables directos.

En un artículo anterior afirmaba: “Como comunitario, nuestro gran sacrificio es: meternos en lo que no nos importa o que aparentemente no nos importa, antes de que la sangre nos empuje a sufrir el dolor ajeno,   como si fuera el propio, es entonces cuando nos damos cuentas de que si nos importaba, pero ya no hay tiempo. Es preferible tomar el “boche”, que decir le acompaño en sus sentimientos”.

Si de alguna forma reivindicamos, los valores del pasado, que hoy agonizan, tenemos que declarar, con responsabilidad, que ese caudal de valores no eran solo de la construcción de nuestros padres y madres, que en ellos hay un gran aporte de la comunidad, transferido a través de vecinos, familiares, profesores y amigos, a los que todos debíamos obedecer, en sus sabios consejos, como al propio padre, el respeto a un adulto mayor era innegociable.

Proverbios, cap. 1: 20, 21 nos dice: “La sabiduría clama en las calles, alza su voz en la plaza; clama en los principales lugares de reunión; En las entradas de las puertas de la ciudad dice sus razones”. La familia, en los hogares; la comunidad en las juntas de vecinos y la escuela, en su gestionar diario; dicen de manera sabia, las razones por las que es necesario adoptar patrones de conducta que nos lleven a buen puerto. Lo que ayer fue bueno y nadie nos ha demostrado que dejó de serlo, hay que rescatarlo si se siente perdido; y si aun vive, hay que mantenerlo

Lo que hoy vemos como efecto natural de la modernidad, en realidad, nos arrastra de manera rápida al individualismo, que si no lo detenemos, en poco tiempo será zoológico y nuestro grupo ya no será la familia, sino la horda moderna; cada animal con sus cachorros; jamás volveremos a ser nosotros, sino “yo”, un débil e indefenso ser individual que no puede cosechar los beneficios, ni aportar a la vida, en sociedad.

La comunidad que vive bajo estos preceptos está condenada al fracaso, pues entra en un proceso degenerativo, en el que en principio, pierde el amor por su entorno distante (comunidad, escuela) sigue perdiéndolo por el más inmediato, (la familia) hasta que llega a perder el propio (“Yo”). De una persona que perdió el amor por su comunidad, por su familia y por su propia persona; ¿qué se puede esperar? Lo seguro, es que nos preparemos para el desastre.

La cosecha que recogemos hoy es el resultado de ese desamor cultivado por nosotros de manera inconsciente; nuestras víctimas, ejecutantes o no de; suicidios, homicidios, drogas, atracos, desfalcos, embarazo en adolescentes, abusos; son el fruto de un cultivo cuyos frutos nadie quiere. Nosotros estamos construyendo los delincuentes que no queremos.

La vara de la corrección, que una vez compartimos con la comunidad y cuya posesión hemos individualizado, ha de retornar a ella; es necesario compartir la autoridad de los nuestros y asumir la autoridad sobre los ajenos, para que el objetivo de desarrollar una comunidad, fuerte y prospera, sobre la base de una juventud relevo, se pueda cumplir.

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