Opinión

Vidas jóvenes y sus aristas invisibles en RD (I)

La vida cotidiana nos lleva al contacto con un conjunto de situaciones de la población joven, que nuestro estado de sombinización, la indolencia e irresponsabilidad no permiten que nuestra atención sea atraída por estos.

Nuestras vidas se desarrollan en las condiciones que hemos decidido llamar “normal”, sin que nada escandalice el confort de la aparente paz, en que vivimos. Da la impresión de que vemos y nos escandalizan las situaciones, pero no a los actores y por tanto no podemos actuar sobre ellos, para modificar sus conductas, parecería que estos fueran invisibles.

Así pasa el tiempo, hasta que la tragedia, expresada en hechos de sangre, embarazo a destiempo y los encarcelamientos, actúa como medio de contraste que hace visible a los actores.

El encarcelamiento, por la comisión de diferentes delitos y los embarazos adolescentes, son aspectos trágicos, que descubren realidades, de corto alcance, que aunque intranquilizan y alimentan el morbo, de los que se lucen con estadísticas; no alcanzan primeras planas, ni copan los espacios de los programas de comentarios en radio y televisión.

Cuando la sangre es el medio de contraste que envuelve a los actores, el asunto cambia de nivel y el dolor sincero y el fingido, se apropia de la colectividad.

Aplicado este medio de contraste les damos las primeras planas, les analizamos por semanas en radio y televisión, las autoridades se apresuran a castigar a los culpables, lo cual es lícito; los ministros y sacerdotes, de las iglesias rasgan sus vestiduras y todos les abrimos un espacio en nuestros corazones. Todo esto luego que el médico legista dictamina las causas del deceso.

Antes de la tragedia, no alcanzábamos a verles. Pasada la ola de dolor volvemos a refugiarnos en nuestras zonas de confort; sin que ocurra nada que señale un avance hacia la prevención, de los hechos. ¡Qué pena!

Las preguntas obligadas son: ¿Donde estábamos, todos, cuando el o la joven, mal disfrutaba, de su libertad, haciendo vida nocturna?; ¿dónde? cuando la/el joven, desarrollaba su arriesgada vida, de niña(o), adquiriendo bienes de origen desconocido; ¿Dónde?, cuándo sus vidas apostaban, día por día, a una aventura, que cambiara su status económico; ¿Dónde estamos, cuando la velocidad amenaza sus vidas y las de otros?; ¿Dónde estamos? cuando dicen “cantar y de su boca solo salen palabras y situaciones que comprometen a la moral”

¿Dónde estamos? Cuando son acorralados por esas crisis de ánimo, que son propias de su edad y de su etapa de desarrollo, donde no se alcanza a saber quien se manifiesta, “el niño o niña que se va, o el hombre o mujer que llega”.

Estamos ausentes, ocupados, cada quien está en sus asuntos, no hay espacio más que para sí; para mirar hacia ellos, habría que hacer un sacrificio y no existe la disposición de este don divino. Aun así, somos cristianos, o los que por lo menos, nos consideramos cristianos; católicos o protestantes, todos seguidores de Cristo, todos queremos ser como Cristo; pero sin dar nada, sin llegar al sacrificio, por sencillo que este sea o parezca.

Si hablamos de sacrificios, veamos; Dios entrego a su hijo, para la salvación de la humanidad: ‘ Porque de tal manera amo Dios al mundo, que ha dado a su hijo unigenito, para que todo aquel que en el cree, no se pierda, mas tenga vida eterna( Juan 3.16) Cristo entrego su vida, para que se cumpliera esta promesa : Cerca de la hora novena, Jesus clamo a gran voz Dios mio, Dios mio ¿ por que me has desamparado?( Mateo 27.46) . ¿Y nosotros? ; supongamos entender que ya el sacrificio de la cruz se hizo y no hay que repetirlo, también que nuestra misión de sacrificio no alcance a toda la humanidad, sino a nuestras familias o quizás a nuestras comunidades.

Siendo así, nuestros espacios para sacrificios son limitados, lo grande ya está hecho; parecería que no es mucho lo que tendríamos que ofrecer.

Como padres, ¿estaríamos dispuestos? a: luchar cada día para eliminar nuestros malos hábitos, evitar las mentiras y modelar solo los buenos habitos ante nuestros hijos, hacer solo lo que quisiéramos que nuestros hijos hagan mañana; velar en las noches por la ausencia de nuestros hijos y no colocar nuestras cabezas en las almohadas hasta no saber ¿dónde o con quien están?; cambiar del entretenimiento individual al colectivo familiar, a fin de integrar a nuestros hijos; insistir en la supervisión y/o participación de las actividades desarrolladas por nuestros hijos , fuera de casa; decir no, como un acto de amor verdadero, aunque no nos entiendan, por el momento.

Al seleccionar a una nueva pareja, tomar la decisión incluyendo a los hijos, en el paquete y no solo nuestros gustos, tomar en cuentas que ellos no nos eligieron como padres, nosotros les elegimos como hijos, por medio de un acto de amor del que quedan ellos, solo el amor de Dios está por encima del amor por nuestros hijos, nada ni nadie más lo puede estar.

Como comunitario, nuestro gran sacrificio es: meternos en lo que no nos importa o que aparentemente no nos importa, antes de que la sangre nos empuje a sufrir el dolor ajeno,   como si fuera el propio, es entonces cuando nos damos cuentas de que si nos importaba, pero ya no hay tiempo. Es preferible tomar el “boche”, que decir: “le acompaño en sus sentimientos”.

Desde el punto de vista, del Estado como superestructura política, la población joven solo ha servido, para justificar la existencia de un ministerio y para que los jóvenes que disponen de mejores oportunidades, se condimenten en su propia salsa. Bueno sería que Su acción alcanzara a la población joven, en diversos problemas.

Como padres, como comunitarios y como Estado, así lograríamos que nuestros hijos y sus actos, dejen de ser invisibles, antes de que la sangre aflore.

Ver a nuestros jóvenes, antes de que intervengan los medios de contraste, antes que el forense, significa que estemos atentos y acompañándoles, al viacruci de pasar por la revolución conductual, de la adolescencia; sumidos en la pobreza y carentes de valores, sin ser deslumbrados, por un entorno con mayores posibilidades materiales.

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