Opinión

Tras las huellas de Antonio de Osorio (parte VIII)




El siglo XlX despierta ante nosotros, con las condiciones dadas, para el nacimiento y coexistencia de dos naciones libres, en la isla de Santo Domingo, cada una dotada de características diferentes: República de Haití, ubicada en la parte oeste, que proclamó su independencia en 1804 y República Dominicana, en la parte este, que se preparaba para estrenar su definición como Estado independiente.

Finalmente estábamos mentalmente habilitados, fruto del proceso evolutivo, de las experiencias adquiridas, del sistema político-administrativo, puesto en práctica por los españoles, con un indiscutible cuidado del elemento cultural.

De este, el cristianismo, la lengua y la educación, constituían los ejes fundamentales en que se apoyaría la nueva nación para su definición.

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Apalancado en estos tres elementos se origina la asimilación por parte de los habitantes del este de la isla, de los movimientos sociales, políticos y económicos más importantes de la época.

Estos permitirían que esas experiencias, de 342 años, de vivencias, contando desde 1502 asomaran con una fisonomía propia, que la definirían ante el mundo como una nueva nación llamada República Dominicana.

Todo esto, precipitado por las experiencias de la Revolución de independencia de las 13 colonias norteamericanas, la revolución francesa, la revolución de independencia haitiana y la convulsión generada por los movimientos independentistas suramericanos.

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En el desconcierto de esos momentos históricos, la gran oportunidad para ayudar a definir y aglutinar a los individuos en que bullía la chispa de nuestra dominicanidad; nos las ofrece, la tímida permanencia francesa en la parte este a partir de 1802.

La prohibición del comercio con Haití, por parte de la administración francesa, nos llevó a la gesta histórica llamada “Guerra de la reconquista”, con esta el territorio de la parte este de la isla, es restituido a España en 1808

Esta guerra es de alta significación histórica porque sirve como escenario para que se exprese de manera organizado, por primera vez, en la parte este el interés de constituirse en una nación libre de las ataduras coloniales. Mientras, también se expresaba un sector, atraído por la dominación haitiana.

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Fue así, como en la junta de Bondillo, se plantearon tres posiciones en cuanto al destino del territorio, de la parte este de la isla, una vez expulsados los franceses. La primera, sustentada por Juan Sánchez Ramírez, quien representaba al sector hatero, que propugnaba por la vuelta al dominio español.

La segunda, la más importante, defendida por Ciriaco Ramírez apoyado por la pequeña burguesía, que representaba a los comerciantes y tabaqueros, esta proponía la proclamación de la independencia.

De menor importancia era una tercera moción, de colocarse bajo el gobierno haitiano.

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Como era de esperarse, la mayoría, la experiencia de dos siglos de desarrollo y el poder, de los hateros, se impusieron al joven sentimiento independentista y al inevitable sentimiento pro haitiano. Volvimos a ser colonia española, en 1808.

Arribamos así, al período Bobo de la colonia española de Santo Domingo. Éramos de España, pero esta, como siempre, no estaba interesada en nosotros.

Habían transcurrido 202 años desde las Devastaciones de Osorio, cuando vino a definirse, en la parte este de la isla, un grupo, en cuyo pensamiento predominaba la idea de ser independiente. Aquellos que en Bondillo, apoyaron la moción de Ciriaco Ramírez. Con esto, el dominicano entraba al debate político el 13 de diciembre de 1808.

La autodeterminación de los dominicano seguía creciendo, en la parte este de la isla, ante la amenaza haitiana y el desinterés de las metrópolis.

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Este sentimiento, se expresa de nuevo, en el proyecto independentista, encabezado por José Núñez de Cáceres, llamado Independencia Efímera. En su proclama, del 28 de diciembre de 1821, reivindica las razones y el derecho a constituir un Estado independiente, a ser reconocidos, por las demás naciones del mundo y a ser llamados dominicanos.

Entre otros aspectos importantes, del contenido del acta constitutiva, en que se apoyaba el nuevo Estado, resalta la inocente autoproclamación de alianza de este, con la gran Colombia, bajo Simón Bolívar y el envío de emisarios ante el gobierno haitiano, en búsqueda de reconocimiento.

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No reparaban, los independentista de 1821 en que el proceso de emancipación suramericano, en su última etapa, fue impulsado desde Haití, por Petion, quien en 1816, aportó a Bolívar; armas, barcos, alimentos, dinero y hombres para que retomara su misión liberadora. En gracias a este apoyo Bolívar escribió:

“Perdida Venezuela y la Nueva Granada, la isla de Haití me recibió con hospitalidad, el magnánimo Alexander Petion, me prestó su protección y bajo su auspicio formé una expedición de 300 hombres comparables en valor, patriotismo y virtud a los compañeros de Leónidas” (Fragmento de la biografía de Alexander Petion. Wikipedia).

Esa es la deuda histórica que explica la actitud de Venezuela y demás naciones suramericanas, en cuanto a la agresión de Haití, contra República Dominicana, en el presente. De ellos no podíamos esperar apoyo en 1821 y tampoco lo debemos esperar, hoy.

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La fragmentación en diferentes grupos y la falta de unidad de criterios, en cuanto al nuevo Estado, creado por Núñez de Cáceres, le hicieron nacer sin base de sustentación. De los intereses, antes expresados, en Bondillo; se hizo más numeroso, el que propugnaba, en favor de la ocupación haitiana.

Estos verían concretizados sus sueños, cuando Boyer ejecuta la ocupación, sin que haya resistencia de la parte dominicana, el 9 de febrero de 1822.

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