11/12/2019
Cine

The Revenant: Inhóspita belleza y opresivo realismo




Quince años después de su sensacional debut como director con ‘Amores Perros’, la nueva película de Alejandro González Iñárritu confirma lo que ya todos sabíamos: que él es uno de los más interesantes, talentosos y arriesgados directores de la actualidad.

Si algo genuinamente trascendente hay en The Revenant, es el hecho de que como algo que se ha tornado cada vez menos frecuente en el cine en general, la película provoca y desafía al espectador con decidida fruición.

Y éste, ante la salvaje e inhóspita belleza de sus imágenes o ante la crudeza y realismo de las mismas, se revuelve en su asiento henchido de un impulso que va del aplauso a la negación con la misma intensidad.

Esta no es una película para todo gusto ni para todo público. Es un film cerebral, agreste y de una dimensión humana tan primitiva como controversial.

¿Qué es lo que nos define como seres humanos? ¿La bondad, la comprensión y el amor o es en cambio la violencia, la traición y la venganza? ¿Un poco de unas y otras, o más de éstas que de aquellas? Que cada quien encuentre su rastro.

Aunque no es perfecta, su duración es excesiva, por ejemplo, y el sentido poético al que a veces apela el director se siente a ratos muy elaborado o innecesario; esta crónica de sobrevivencia, traición y venganza se erige majestuosa como notable obra cinematográfica.

En 1823, Hugh Glass (Leonardo DiCaprio), un montañés cazador de pieles y guía expedicionario se embarcó en una travesía, a lo largo del rio Missouri, compuesta por unos 40 hombres, entre ellos su hijo mitad indígena, a quien trataba de enseñar el oficio.

Sin embargo, no solo las extremas condiciones climáticas, encontrándose a más de 300 kilómetros de distancia de su campamento, y la vastedad del bosque se interpusieron en su camino; también el destino o la tragedia jugaron sus roles, una y otra vez en aquella odisea imposible.

Inspirada en hechos reales. La historia, inspirada en hechos reales, pero probablemente con más ficción que realidad, es sencilla, lineal y no tiene toda la coherencia que requiere, lo cual queda en evidencia cuando en el tramo final es acomodada a los intereses del director para los fines de conseguir un particular efecto y cierre de la misma.

En consecuencia, la resolución del film que es en cierta forma un western, uno deja de tener un sentido un tanto arbitrario y ambivalente, puesto que entra en contradicción con el leit motiv y la razón que en última instancia mantuvo al protagonista luchando, como fiera acorralada, por su supervivencia.

Ahora bien, lo que si queda claro en este film es la contundencia e innegable impacto de su textura visual. La secuencia con la que inicia la película, por ejemplo, es un prodigio técnico. Allí en medio de un campo de batalla, el espectador no es un ente pasivo, la emoción y excitación que siente es ganada a pulso.

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Mediante una estructura de planos secuencias y montaje alterno, Iñárritu coloca al espectador en el mismo centro de la acción. La cámara gira frenética de un lado hacia otro, mientras una lluvia de disparos y flechas siembran el terror y la muerte en derredor. Unos corren hacia el rio pero otros no saben hacia dónde ir, los indios Arikara están por todas partes.

La ansiedad y desesperación se refleja en el rostro de Glass y de allí salta al espectador, quien a través de los ojos de aquél siente que también está ahí en medio del aquel caos, sin saber hacia cual dirección huir.

Esto es toda una delicia, y no es la única secuencia admirable de The Revenant. También debe incluirse aquel extraordinario montaje sin corte del ataque del oso. Esta secuencia es tan impresionante y del tal realismo que parece más bien un documental. La impresión que deja es ciertamente perturbadora.

Gran actuación de DiCaprio. Por supuesto, esta película no sería todo lo impactante que es sin una gran actuación del personaje central, y DiCaprio, aunque luego se ha quejado de las duras condiciones de filmación, ofrece aquí una de las mejores caracterizaciones de su carrera.

El suyo es un rol difícil, tanto en lo físico como en lo emocional, y aunque en una buena parte de su personificación debe comunicarse con gemidos o la expresión de su rostro, él exuda y transmite, de todas formas el dolor y la conmoción que el estado en que se encuentra y los hechos que suceden a su alrededor le producen.

El actor Tom Hardy ofrece también una notable y realmente solida actuación, incorporando incluso un acento al hablar indudablemente convincente. Buena contribución además, de Domhnall Gleeson, como jefe de la expedición.

El impacto de The Revenant es abrumador. Algunas escenas son tan fuertes y opresivas que empujan al espectador a que se repliegue en sí mismo, mientras trata de poner en perspectiva aquella violencia cavernaria.

Por eso, contrario a la estructura y dimensión de ‘Birman, la anterior película de Iñárritu, en la cual los diálogos y el guion en general eran esenciales en la composición del film, aquí el guion no tiene particular relevancia, el film se expresa y lo hace con inusitada elocuencia, a través de la irresistible fuerza de sus imágenes –algunas realmente difíciles de ‘digerir’–, de sus silencios o de los gruñidos con los que en algún momento debe expresarse el personaje central.

En ese sentido, la fotografía de Emmanuel Lubeski, lograda a campo abierto y con luz natural, es tan poderosa y cautivante que transmite un sentido de urgencia y cercanía no tan frecuentemente visto en el cine. Son imágenes que transpiran un realismo crudo e inquietante.

Por lo tanto, The Revenant sobresale no por su historia que es más bien menor, pero si por la fuerza y sugestión de su concepto visual. De ese modo, el uso que el director Iñárritu hace del lenguaje cinematográfico, con la ayuda de Lubezki, por supuesto, –nótese la fascinante atención a la naturaleza circundante– y en el cual deben incluirse no sólo la sobria y potente música, sino además los silencios; es sencillamente imponente.

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