28/02/2021
Opinión

Melodía y ritmo en la oratoria




El 28 de este mes se cumplirán 52 años del célebre discurso “Yo tengo un sueño”, que pronunciara Martin Luther King desde las escalinatas del Monumento a Lincoln, en la Marcha a Washington por los Derechos Civiles.

Mucha gente desconoce que ese clásico de la oratoria era un discurso leído, porque el corte que se ha masificado parece ser improvisado, cuando MLK dice: “Yo tengo un sueño que un día mis cuatro pequeños hijos pequeños vivirán en una nación donde no serán juzgados por el color de su piel sino por el contenido de su carácter. ¡Yo tengo un sueño hoy!”

Realmente, en ese momento y en los minutos siguientes, cuando el pastor bautista parece que canta, lo que hace es abandonar la lectura del discurso, para “improvisar” la historia del sueño, que tantas veces había impactado a las audiencias en intervenciones públicas previas.

Los oradores de la estirpe de King son capaces de improvisar sobre la partitura como si estuvieran en una sesión de jazz, cosa que hacen con gran audacia sus “herederos” Bill Clinton y Barack Obama, dos astros del jam session en la oratoria contemporánea.

“La política es como el jazz”, explicó Clinton al experimentado periodista Jim Lehrer. “Hay una melodía que tiene que ser interpretada, y hay que hacerlo de la manera correcta, pero llega el momento en que tienes que improvisar. Estarás en problemas si abusas de la improvisación y te olvidas de la canción. Pero no serás eficaz si nunca varías la canción principal”.

Cuando se comparan los textos de los discursos escritos para Clinton con las piezas que finalmente él pronuncia, incluidos los cambios que incorpora “en vivo”, se entiende mejor su símil y se advierte cuánto “jamea” el ex presidente estadounidense, mejorando las piezas originales con sus improvisaciones.

El presidente chileno Salvador Allende era otro “improvisador” excepcional, a tal punto que sus discursos más recordados son precisamente los “improvisados”, como “El pueblo entrará conmigo en La Moneda”, para celebrar su victoria electoral, o su discurso de despedida, pronunciado bajo el fuego golpista, hará el próximo mes 42 años.

Pero ¿quién puede decir que Allende no tuviera previamente un boceto de su discurso triunfal o de su gallarda despedida? Ni siquiera esta emotiva elegía, dividida en cinco parrafadas, con intervalos promedio de 20 minutos entre una y otra, según lo permitiera el desigual combate, puede decirse que fuera una absoluta improvisación, toda vez que el golpe de Estado era predecible, como él mismo lo confiesa en su última alocución, cuando declara: “Yo tenía contabilizada esta posibilidad”.

El discurso bueno siempre o casi siempre se escribe, aunque sea solo en la cabeza del autor. Nunca se improvisa, aunque se improvise sobre él, como los jazzistas sobre las partituras originales.

De las claves la oratoria estaré conversando en un taller que impartiré el próximo sábado 5 de septiembre. Más información, 829-541-1231 y oratoria@comunicacionesintegradas.com

 

Artículo escrito por Melvin Peña

Melvin Peña es un consultor de negocios en temas de comunicación, marketing e innovación. Ha trabajado para 25 de las empresas más admiradas de República Dominicana en 15 sectores diferentes. También tiene una amplia experiencia como consultor en el sector público, organismos internacionales y empresas multinacionales. Es presidente de la firma Comunicaciones Integradas.

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