02/12/2022
Opinión

Los hilos de plata del Presidente




Al presidente le siguen leales suficientes hilos de plata para peinarlos al este y oeste del rostro y dejarle seguir siendo el hombre apuesto que se apoderó del corazón de doña Lorena Clare Facio, en la inauguración de los sesentas del siglo pasado.

Don Miguel Ángel Rodríguez se presentó con la pulcritud sin peros de la piel del rostro, con el  negro cerrado  de la corbata, –en homenaje eterno de Miguel Alberto, el hijo muerto a los 15 años, al caer por un cañón, en Guacanaste– con el blanco virgen de la camisa, y con la dignidad otoñal de la chaqueta a dos botones, oscura, para hacer tono con los zapatos y con el pantalón gris de sastre.

«Es el presidente, pa'», dijo John Marcelo al verlo llegar, y los tres inauguramos el ritual de las sonrisas mejores, porque no teníamos dudas de que la tarde del viernes sería memorable. Pasaban muy pocos minutos de la 5:00, y eran muy evidentes los deseos de don Miguel Ángel Rodríguez, nacido 77 años atrás en Costa Rica, de ir por un vaso de agua, «me acabo de tomar un café negro», se excusó, a conciencia de que la hora mandaba esa opción.

Nos sentamos en el piso cinco del hotel Embajador donde se hospedaba, según lo convenido en el cruce previo de correos y en los mensajes de washapp. Y descubrimos que los gemelos dorados prominentes, el reloj en forma de moneda de oro, circular y cilíndrico, el aro de bodas ennoblecido por décadas de uso, las gafas con las patas de oro para mejorar la luz interior, terminaban por darle la apariencia digna, la presencia augusta.

En todo caso, descubrió también el lado tierno, el que nos permite ser humanos, y se excusó para responder los mensajes de wahsapp de los dos hijos residentes en los Estados Unidos, e incluso del nieto que hace allí un postgrado; un escenario que vivió con el rostro iluminado mientras texteaba un cariñoso «Dios te bendiga!».

El ex secretario general de la Organización de Estado Americanos (OEA), austero y simple, reveló antes de entrar en terreno agreste, amar los boleros de Agustín Lara, dijo admirar al Trío Los Panchos y, como todos a Juan Luis Guerra. Un fanático confeso del fútbol, cedió a la provocación de John Marcelo y se enzarzaron en una garata casi altisonante,  intentando separar el grano de la paja en torno al papel de Messi en la selección argentina. “Eso complica las cosas para Argentina”, dijo, y el contertulio le respondió que la albiceleste tiene dependencia de Messi. “Llevan 124 días sin otro anotador diferente de Messi. Pero si ganan aseguran el repechaje”,  lo que para el cronista, ajeno por completo a las lides del antiguo deporte, le resultó pronunciado en sánscrito.

Así se iniciaba una conversación al lado de los aromas del café, pospuesta sin esperanzas por 18 años, justo desde la noche que nació su contertulio de fútbol en la capital dominicana. Entonces su embajador en Santo Domingo, don Mario Garnier, inició las gestiones para este acercamiento. Atrás quedaba un millón de correos, en el que reíamos los triunfos y lamentábamos las derrotas recíprocos.

A Miguel Ángel de la Trinidad Rodríguez Echeverría, nacido el  9 de enero de 1940, en el seno de una familia de élite política de Costa Rica,  le han tocado las glorias. Y los infiernos. «El día es como la carne de vaca, hay lomito y hay pescuezo», le dijo a Nefer Muñoz, de BBC Mundo, en 1997, casi premonitoramente, sin imaginar la magnitud del escarnio que viviría a partir del  2004.

Puesto a elegir sus momentos más altos, sin embargo, no vacila en mencionar, como primeros, el nacimiento de sus tres hijos, su ingreso al cuerpo docente de la facultad de economía de la Universidad de Costa Rica,  en 1963, con solo 23 años. Ni siquiera la asunción como Secretario General de la OEA, al dejar la presidencia de Costa Rica, se le puede comparar a esos momentos de gloria. Pero le tocado descender a los infiernos, como en 2004, cuando tomó el vuelo de Taca, que le llevó desde Washington –donde era uno de los hombres más poderosos del hemisferio– a la letrina innombrable que le construyó la caverna de Costa Rica. El mismísimo presidente de la República, militando al lado de los fiscales, le escribió pidiéndole renunciar de la organización regional con apenas 17 días de mandato, para trasladarse a Costa Rica y encarar el proceso.

Cuando aterrizó en San José, luego de escalar en San Salvador, en un vuelo completo leyendo La vida de Pi, la novela de Yann Martel, les esperaban las cámaras y los reflectores de una prensa encarnizada, para dejar constancia de un alto mando continental siendo bajado con las manos esposadas, en un sainete previamente bien libreteado. Los cronistas no están para emitir opiniones, deben limitarse a notarizar lo que ven. Pero si alguna vez en la vida se les permitiera hablar en primera persona, ha de opinar que el único error del presidente Rodríguez fue no oponerse, pasara lo que pasara, a ser esposado para las cámaras. Total, tomadas las fotos y las imágenes, les fueron retiradas.

El escarnio siguió camino a la cárcel, en una perrera a velocidad de Fórmula Uno, para que los helicópteros de los diferentes canales tomaran las mejores imágenes. El aplauso del gentío, el morbo colectivo tal vez ni siquiera pueda ser comparado con los carnavales de Río de Janeiro. Lo sometieron a etominas propias de la Edad Media por doce años. Pero no lograron torcerle la alegría, ni nublarle el optimismo. Vive sin veneno, y ha perdonado a los sicarios morales. Nadie puede someter a sufrimientos mayores a  alguien que ha visto morir a un hijo. Nadie.

Había liderado un cuatrienio luminoso entre 1998 y 2002, en el que promovió una seria de acuerdos políticos sin antecedentes a la vista para hacer comparaciones, que le permitió, entre otras imposibilidades, hacer aprobar la Ley de Protección al Trabajador. Pero quien le siguió al frente del estado necesitaba el aplauso de la gente. Siendo llevado al partido por el propio Rodríguez dos elecciones antes, quería, con el enjuiciamiento de dos ex presidentes, elevar sus índices de aprobación, cosa que le fue concedida por las multitudes-. “Celos, los celos del poder”, dijo al ser preguntado en la tarde del viernes dominicano.

Se hizo presidente de Costa Rica al tercer intento, luego de décadas en el servicio público, y luego de ser ministro de la Presidencia, a los 29 años. En la previa, había sido ministro de Planificación, entre el 1968 y 1969. Luego sería presidente del Banco Central de 1969 a 1970 durante la presidencia de José Joaquín Trejos Fernández del Partido Unificación Nacional. Más tarde, se le eligió diputado por  el Partido Unidad Social Cristiana, llegando a presidir la Asamblea Legislativa. Don Miguel Ángel Rodríguez, MAR, para sus electores a la presidencia, fue vicepresidente de la Organización Demócrata Cristiana de América desde 1991 y presidente en 1995.

Fue elegido a unanimidad Secretario General de la OEA durante la 34ª sesión ordinaria de la Asamblea General de la OEA, realizada en Quito, Ecuador, en junio de 2004.

Llegó a la presidencia de Costa Rica al frente del Partido de la Unidad Social Cristiana, de luces conservadoras, y de una visión que hacía contrapeso a las propuestas de izquierdas. El mercado debe ser quien dicte las cosas. El Estado debe promover un clima que asegure la inversión y la libre empresa, sin olvidar la protección de los sectores menos cercanos al progreso. Entiende que la educación debe ser pilar, corrigiendo la distorsión que le ha permitido a América Latina avanzar en la cobertura, aunque no en la calidad. Hay que dotar a los jóvenes de las herramientas que les permitan migrar en los enfoques de sus disciplinas iníciales, cuando lo demanden los cambios. No hay una receta, cree, para el avance de nuestros pueblos. Pero el Estado debe ser menos costoso, y debe promover cero tolerancia a la corrupción política. No se deben permitir los monopolios, porque traban el desarrollo.

Así coronaba una carrera política de signos meteóricos, siguiendo los pasos del tatarabuelo, quien firmo el Acta de Independencia de Colombia.

Desciende del linaje Rodríguez de Santurio, por los orígenes del padre, originario del principado de Asturias, cuyos primeros miembros llegaron en el siglo XVIII a Cartagena de Indias, (actual Colombia). Su tatarabuelo paterno Enrique Rodríguez Santurio fue uno de los firmante del Acta de Independencia de Colombia del 11 de noviembre de 1811. Es primo segundo del Dr. Carlos Humberto Rodríguez Quirós, IV Arzobispo de San José de Costa Rica7

Por su línea materna, desciende directamente de José María Castro Madriz, dos veces presidente de Costa Rica (1847-1849 y 1866-1868)7dice Wikipedia.

Tenía entre ceja y ceja el vicio de la participación en política, porque la abuela, mientras le enseñaba lecciones de inglés, o mientras le leía a los clásicos, le alentaba a militar en el lado conservador. La madre, en cambio, en su momento, le alentaba a cultivar su participación en el sector privado. Las escuchó a las dos: fundó un imperio cárnico que le permitió amasar fortuna, mercadeando en el Caribe,  Suramérica y Estados Unidos los cortes del ganado de Costa Rica, y llegó hasta donde ningún centroamericano podría imaginarse antes de 2004, Secretario General de la Organización de Estados Americanos (OEA), electo en la 34ª sesión ordinaria de la Asamblea General de la OEA, celebrada en Quito, Ecuador, en junio de 2004.

Le disgusta que «los cubanos hayan hecho una revolución para cambiar el turismo el azúcar, por el turismo y la caña de azúcar, o sea, volver a lo mismo», y cree, con esa proclividad de los  centroamericanos a acortar sílabas ( «tonces», por entonces), que el populismo, así el de las izquierdas como el de las derechas, tiene consecuencias funestas para los pueblos. Hace pocas fechas el gobierno del presidente Nicolás Maduro le declaro persona non grata. El presidente Rodríguez devolvió el balón, pero con arte: «Gracias por el homenaje».

Señorial e imperturbable, el Dr. Rodríguez desembarcó en Santo Domingo para hablar en un panel promovido por una ONG conservadora, días después de hacer lo propio en Centro Fox, en Ciudad  México. Quiere vivir los tiempos presentes enseñando, porque no puede desoír la vocación. De hecho, tiene experiencias similares en España, en Berkley y en Washington, en las más prestigiosas universidades de esos países y ciudades.

A pesar de las avatares del destino, sigue levantándose a las 5:00 de la mañana para ejercitarse el cuerpo leve (nadie le creería de 77 sin ver la fecha de bautismo en el pasaporte) y para oír la misa en el Convento de las Madres Carmelitas,  de San José, junto a la esposa de siempre, descendiente, como él, de personajes de la alta política centroamericana. Desayunan los jugos, las proteínas y las verduras usuales, cuando el sol empieza a saludar los techos de la capital tica, luego de lo cual empieza a recibir a algunos de sus estudiantes de la facultad de economía, a periodistas o a amigos. Si lo demanda el caso, se pone al volante de su carro pequeño, solo, para cumplir con las responsabilidades propias de un catedrático universitario.

Este viernes, cerca de las 7:00 de la noche, nos abrazamos hasta sabe Dios cuando. Y nos hicimos las fotos, en las que, por errores propios de la efusión momentánea, no posamos los tres.  Temprano del día siguiente, desde Panamá, durante la escala del regreso a casa escribió: “Un placer conocer a tu hijo. Dile que sigue pendiente la conversación sobre futbol”.

*Marcelino Ozuna es un abogado y escritor dominicano, autor de cerca de una decena de libros diferentes.

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