22/05/2022
Opinión

Las tres “P” en la política contemporánea

En la era de las redes sociales, donde la mayor parte de la población cuenta con al menos un dispositivo digital, la política se redirecciona hacia un modelo de interacción instantánea. 

Con la reformulación política y el nuevo abordaje de su dialéctica, vemos con mayor frecuencia la reproducción de fenómenos políticos/electorales; unos aplicando un accionar cónsono con el espíritu democrático, abierto y participativo que las nuevas tendencias y tecnologías de la comunicación infieren, otros asumen, para lograr el objetivo fundamental de mantenerse en el poder, el debilitamiento de las estructuras institucionales, la vulneración de derechos fundamentales, coacción al libre debate de ideas, y con ello, la puesta en evidencia de rasgos oscuros de personalidad que terminan revelando la verdadera esencia e intención: ser líderes autocráticos. Sobre este modelo de liderazgo profundizaremos en los siguientes párrafos de este artículo.

Los autocráticos o aquellos que pretenden serlo, reflejan y homologan rasgos de una personalidad avasalladora, contestataria e incendiaria y se relacionan con 3 conceptos que cada día adquieren mayor estelaridad: populismo, polarización y posverdad.

El escritor y columnista venezolano Moisés Naím en su más reciente libro, “La Revancha de los Poderosos”, hace un análisis acabado sobre estos aspectos tan intrínsecos en la personalidad de figuras que trastocan la base institucional y democrática de sus respectivas naciones, no importando su nivel de consolidación social, político y económico.

Varios ejemplos pululan en el escenario político internacional que coinciden en la manera de relacionarse con el poder; Donald Trump en EEUU, Viktor Orbán en Hungría, Rodrigo Duterte en Filipinas, Tayyip Erdogán en Turquía, Vladimir Putin en Rusia, Nayib Bukele en El Salvador, y el siempre recordado Hugo Chavez en Venezuela, entre muchos otros.

Las tres “p”: definiciones y alcances. El populismo como lo conocemos, se caracteriza por apelar a los sentimientos y pasiones de una determinada segmentación poblacional; movilizar a las masas alrededor de medidas alejadas de racionalidad y con propensión al incumplimiento o a la dificultad de implementación. En un lenguaje más llano, el populista procura transmitir el mensaje que las mayorías quieren escuchar, aunque exista un largo  camino entre la expectativa y la realidad. Las figuras antes mencionadas, han estructurado su relato descartando y deslegitimando el status quo, al tiempo de reproducir la practica de las “medias verdades”, manipulando leyes, ocultando carencias gerenciales y desestimando cualquier propósito que pretenda fungir como contrapeso al ejercicio del poder.

El proceso de consolidación de los lideres populistas pasa por la proyección de la imagen personalizada del Dios que todo lo resuelve; del super hombre que debe colocarse por encima de las instituciones, se acogen a la narrativa de que antes de su llegada, “los pobres fueron humillados por la propia debilidad de las instituciones que no supieron jugar su rol”, como esta, otras tantas historias que se construyen desde la distorsión y la inexactitud. 

Una vez se cumple la fase populista de hacer planteamientos sobre imposibles e irrealizables y alejado de todo rigor estadístico o científico, se inicia la segunda parte de la estrategia: la polarización. 

La polarización profundiza la separación de las clases sociales, esquematiza el modelo de buenos contra malos, los que apoyan el régimen contra los que buscan la alteración del orden institucional (orden que quiebra el propio liderazgo populista).

La estrategia es completada por la posverdad. Para algunos estudiosos la  posverdad es sencillamente mentira, falsedad o estafa encubiertas en una expresión que ocultaría la tradicional propaganda política o el uso de las relaciones públicas como instrumento de manipulación mediática. El liderazgo populista y polarizador, recurre a la posverdad como mecanismo para crear falsas percepciones y varios ejemplos lo demuestran: el errado enfoque de Trump sobre el coronavirus y sus consecuencias; las reiteradas y agotadoras intervenciones de López Obrador intentando maquillar, esconder y manipular las cifras de violencia en México; el desconocimiento a la separación de los poderes del Estado, a la institucionalidad y libertad de prensa del gobierno de Bukele en El Salvador, entre otros ejemplos. Como se evidencia, siempre coinciden los alegatos mediocres para justificar sus acciones.

Las “3P” a la que hacemos referencia (populismo, polarización y posverdad) son estrategias muy utilizadas en la actualidad por perfiles coincidentes de liderazgo que complementan su accionar con herramientas tecnológicas, de comunicación, legales, financieras (el control del dinero se hace esencial), y hasta herramientas psicológicas, como una manera de reafirmar poder y de mecanismo de protección ante fuerzas que procuran limitar ese poder que se ostenta.

En la República Dominicana. La República Dominicana por su activismo político, no se enmarca dentro de la excepción de la regla, en las últimas décadas nuestro sistema de partidos ha sufrido modificaciones, desprendimientos, surgimientos de nuevas estructuras políticas, y los liderazgos, con honradas excepciones, han modificado su relación con los electores; la relación es más directa y con mayor conectividad gracias a las nuevas tendencias tecnológicas de comunicación.

Por todo lo antes expuesto, se hace necesario el llamado a la clase política nacional a comprender el gran compromiso contraído con las presentes y futuras generaciones en materia institucional. En el presidente Luis Abinader, tenemos un garante de la participación política plural y abierta, de que los jóvenes y las mujeres se empoderen alrededor de los grandes temas nacionales, de fomentar mayores y mejores controles desde el Estado para la protección de los bienes públicos, así como el fortalecimiento democrático del país, y esto debe extenderse a todo el liderazgo político; esta será la manera más eficaz de combatir el populismo, la polarización y la posverdad, que tanto atrasa, corroe y debilita el desarrollo político, social y económico de los pueblos. 

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