09/07/2020
Opinión

Fefita La Grande encuentra quien la defienda de los «repulsivos» chistes sobre su edad




De entrada, hallo saludable dejar saber que detesto el perico ripiao. Me luce largo, cansón y reiterativo. Amén de que ver a las parejas brincándolo me huele a Medioevo. No sé, hay algo de instinto primitivo en ello. Aún así, respeto mucho a la estrella sin discusión de ese género, la inefable Fefita La Grande.

Si estuviese en mis manos, cumpliría el viejo sueño de colocar una tarja de bronce con su nombre, para que los turistas que caminan por la calle El Conde la conozcan, como sucede en el distrito de Broadway, en Nueva York, con los grandes de las letras y las artes. Más lejos: no pocas veces me ha seducido la idea de proponer un museo en su honor.

Me hace mear de la risa oírla en «Vamo’ hablar inglé» o en «Pa’ qué quiero cama, sin tener marido?». El «quid del asunto» es la repulsa que me causan los chistes en torno a la edad de la estrella. Lleva décadas la afición de ciertos descerebrados haciendo reír a sus auditorios alrededor de los años vividos por Fefita.

Tengo dudas muy bien fundadas en torno al futuro de una nación cuyo segundo deporte sea burlarse de la vejez de un ícono. Se le atribuye a Confucio esta reflexión: «Si uno no demuestra respeto por los ancianos, ¿en qué se diferencia de los animales?». En Japón, es una estampa familiar ver ancianos dirigiendo el tráfico, o cuidando por la seguridad de los ciudadanos: son figuras venerables, respetadas por todos. En República Dominicana, en cambio, (o cuando menos, para una «parvá» de imbéciles, escritores de chistes grotescos y soeces) «viejo» es un vocablo despectivo, un mote incriminatorio al que debe apelarse para agredir, o provocar la risa del gentío.

«Maldito viejo, coño!» Ignorando, los muy tarados, que en la vejez la gente se vuelva tierna, incluso hermosa. En la cultura hindú, se considera el respeto a los mayores como parte innegociable del día a día. Es más, allí suelen arrodillarse ante los viejos, lo mismo que tocar sus pies, como señal de respeto. Los chinos, de su lado, son pioneros en la promoción de leyes que procuran su cuidado, a diferencia de ciertos energúmenos del patio, para quienes ser viejo hace fronteras con lo delictuoso.

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