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El asesinato de Gianni Versace

«El asesinato de Gianni Versace» está bien actuada y cuenta, además, con notables valores de producción, en particular su sugestivo entramado visual y el buen uso de su banda sonora; pero también es en extremo obvio que se trata de una producción de carácter fragmentario y esencialmente desconcertante.

Lo curioso de esto es que, si tomamos en cuenta la estructura narrativa y puesta en escena de la serie, uno necesariamente tiene que llegar a la conclusión de que la misma arriba a dicha concepción por elección, y no por defecto.

Es decir, la historia, narrada en flashbacks –lo cual es indudablemente una efectiva forma de hacerlo, puesto que permite construir la tensión e intensidad narrativa partiendo de cero– comienza de entrada poniendo las cartas sobre la mesa.

Puesto que aquí no hay en realidad muchas sorpresas ni revelaciones a las que apelar –más allá de las que se puedan crear por la dinámica interna del relato– ¿Qué mejor forma de arrancar que asaltando al espectador con la consumación misma del hecho?

 Es innegable que a partir de ahí, la audiencia, mordida por la curiosidad, se debate entonces entre la intriga y la incertidumbre. De inmediato, como consecuencia, las interrogantes e inquietudes apuntan hacia todas direcciones. ¿Quién es el asesino? ¿Se conocían ellos previamente? ¿Por qué lo hizo?

Basada en el libro Vulgar Favors, escrito por Maureen Orth, «El asesinato de Gianni Versace» trata a continuación de dar respuestas a un complejo rompecabezas que todavía hoy, más de 20 años después, muchos aspiran encontrarle sentido.

Probablemente, aquí radica el mayor desafío de esta miniserie, y es tal vez lo que determinó la estructura abiertamente episódica y un tanto confusa de la producción, así como su constante ir y venir en el tiempo. Debido a esto último, el relato se va desarrollando en sentido inverso, de atrás hacia adelante, lo cual puede crear cierta desorientación. 

El propósito de este enfoque no es sólo alejarse de una concepción plana y lineal de la historia, sino, sobre todo, de crear un intento de acercamiento hacia una verdad que ya no existe, hacia una verdad de celuloide.

Darren Criss interpreta con innegable convicción y carisma a Andrew Cunanan, un apuesto, soñador y mentiroso compulsivo joven homosexual quien, en 1997 se embarcó en una repentina y acelerada carrera criminal que terminó con el asesinato del celebrado diseñador de modas Gianni Versace.

Ahora bien, la producción no se limita a recrear aquel fatídico hecho. Pese a que no es tan simple separar la verdad de la ficción, a excepción de la información genérica relativa al asesino, la miniserie también recoge aspectos de la vida del modisto que incluyen sus desacuerdos y desavenencias creativas con Donatella (Penelope Cruz), y por supuesto, algunos detalles de su vida íntima.

Pero tan importante es en términos narrativos, la figura de Versace, en virtud de que ofrece el marco de referencia que abre y cierra la serie, además, de una que otra incidencia; como lo es en igual o mayor relevancia el retrato que del asesino, un frio, cínico y casi imperturbable Cunanan, va creando la producción.

De hecho, dado que la serie lleva como subtítulo American Crime Story, la historia dedica mucho más tiempo en pantalla a Cunanan y a la serie de asesinatos que este cometió en varias ciudades de Estados Unidos, entre miembros de la comunidad gay, antes de obsesionarse y terminar con la vida de Gianni Versace.

Creada por David Murphy («The People vs. O. J. Simpson»), no queda claro aquí, primero, por qué Cunanan se convirtió en un asesino, y segundo, qué le motivó a arrancarle la vida al diseñador Versace. Esto, aunque afecta el dinamismo y la cohesión narrativa de la producción, no es en realidad un defecto per sé de la misma.

Es particularmente significativo y revelador, en ese sentido, la importancia que adquiere el capítulo ocho de la miniserie, por cuanto aquí se concentra el mayor esfuerzo por definir el perfil psicológico, y el origen de las tribulaciones que dominaban la vida de un joven destinado al ser alguien «especial».

Un aspecto que no deja de llamar la atención y resulta sintomático, por otro lado, es la forma como se maneja el rol de la policía y el FBI en general. Aunque The Assassination of Gianni Versace no es un documental y, por consiguiente, hay aquí bastante libertad creativa para la interpretación y dramatización de eventos a conveniencia, queda claro –y esto sale a relucir en la serie en dos ocasiones– que ambas instituciones realizaron una negligente y deficiente investigación. ¿Fue ciertamente así?  Eso es tema para otra serie o para otro artículo.

Mientras tanto, lo que prevalece es el hecho de que no se hizo el trabajo, antes de aquel fatídico 15 de julio de 1997, con respecto a la captura de un fugitivo que no andaba en las sombras.

Ganadora de dos Globos de Oro (mejor miniserie de televisión y mejor actor de una miniserie), la producción cuenta con un sólido reparto. Además de Criss, cabe destacarse las buenas actuaciones del actor venezolano Edgar Ramírez, así como de Jon Jon Briones, Penelope Cruz y Judith Light, entre otros. Ricky Martin, desafortunadamente, luce más bien como un reflejo de sí mismo. La producción está disponible para streaming en Netflix.

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