28/09/2022
Espectaculos

Crítica musical al elepé «El Pingüino» (1973) de Johnny Ventura

Un aspecto poco abordado en la carrera de Johnny Ventura se puede constatar en esta producción: el diseño de sus carátulas. Un concepto internacional, vanguardista y adelantado a los tiempos, caracterizó este elemento tan importante para lograr un buen mercadeo de los discos. Todo ello, en gran medida, a que Kubaney –el sello de Mateo San Martín al que durante muchos años perteneció el artista– era una empresa con asiento en Miami, Florida, cuyos tentáculos se extendían por otras plazas importantes.

En el sencillo, pero efectivo diseño de la portada de El Pingüino se excluye la figura de Johnny. Aparece una lata de «asopao de el pingüino», un plato y el menú de lo que se supone es un restaurant. En la contraportada, aparece de pie y muy risueño el merenguero ya «servido» desde la lata y se puede leer lo que trae el menú musical de este nuevo álbum (Mate 009).

Todo ello poco después de Salsa pa’ tu lechón (1972), en la que aparecía en portada Johnny sirviéndose del lechón asa’o, acompañado de tres hermosas modelos caribeñas, se valen las alegorías gastronómicas para maridar con el pigmentoso ritmo cocinado a fuego lento. Este elepé, sin duda un ícono en su extensa discografía, arranca a todo galope con el merengue El pingüino, compositor de Ramón –Pipa– Cruz, canción que junto a El tabaco de William Liriano se erigen como las dos más populares de todas.

Estas dos creaciones, El pingüino El tabaco,  sirvieron para afianzar la carrera de un Johnny Ventura que para principios de los 70 era la máxima atracción artística. Si la primera trascendió por su contenido bailable, jocoso y hasta inofensivo, el segundo sembró el desasosiego en los estamentos políticos de la temible era de los Doce Años que gobernó Joaquín Balaguer (1966-1978): el tabaco es fuerte, pero hay que fumarlo… no, no lo botes, no puedes botarlo.

Cada una de las diez canciones incluidas en este elepé gravita en su propio universo. Persiste la apuesta por el bolero, y de Meche Diez grabó Pedazo a pedazo, que se levanta al lado de Resumen, ese estándar del género de Esteban Taronji y que ya había grabado en el 1965 (El turún, tun, tun); insiste con volver a los merengues clásicos, de Toño Abréu hace su versión de Caña Brava, con Anthony Ríos de acompañante vocal; mientras que de Bienvenido Brens recurre al vibrante Apágame la vela.

El punto vinculante con su pasado discográfico sigue unido al guaguancó: La negra Chacha Santa Bárbara (Changó), ambos con arreglos musicales del propio Johnny. Con sus ojos mirando al horizonte internacional, graba La última noche, de Bobby Collazo, un corte en el que musicalmente se ciñe a las versiones más convencionales y apreciables que ha inspirado esta canción.

Luisito Martí y Johnny Ventura se unen para el pintoresco cierre del cancionero. Primero fueron Los astronautas (1968), y luego Martí compuso El ovni, una sátira a los platillos voladores, con una historia a la que sacaron punta fina al mejor estilo del Combo Show. De esta menra, El Pingüino pasa la prueba del tiempo y con el tiempo gana cuerpo, como el buen vino.

Artículo escrito por Maximo Jimenez

Periodista, crítico de cine. Ex presidente de la Asociación de Cronistas de Arte (2011-2013), autor del libro «La gran Aventura de la bachata urbana» (2018).

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