Cine

La La Land: pura magia y sentimiento

En un momento histórico como el que vivimos hoy, plagado de conflictos, incertidumbre y temor, probablemente el mejor antídoto contra la desesperanza pudiera ser un film tan efusivo y de radiante positivismo como La La Land.

No se trata, por supuesto, de la misma perspectiva que solía explorar el legendario director Frank Capra en su realistas y reconfortantes dramas. No, el enfoque aquí es muy distinto, y por eso el guionista y director Damien Chazelle lo deja claro desde su primera secuencia: esto es un musical.

Y más vale que lo reciban con la mente abierta y el corazón expectante. Si así lo hacen, al final serán recompensados. He aquí una película que pese a recurrir a ciertos clichés del género y a evocar una y otra vez algunos de los clásicos que le precedieron, el film de todos modos se siente autentico y diferente, articulando en el proceso una estética muy particular.

El problema si acaso puede considerarse como tal, es que La La Land fue concebida para un público selecto y adulto, aquél que puede encontrar aquí inocultables reminiscencias de iconos del género como Cantando bajo la lluvia o West Side Story. El ardid para atraer a la otra parte del público que nunca ha visto aquellos films lo constituyen los conocidos y talentosos actores Ryan Gosling y Emma Stone.

Acometer semejante apuesta representa un enorme riesgo, y refleja al mismo tiempo bastantes garras y una tremenda ambición. Por fortuna para el joven director Chazelle, las cosas no pudieran haber salido mejor. Su película ha conquistado al público a ambos lados de la platea, y ha recibido además el reconocimiento unánime de la industria.

¿Cómo lo ha logrado? Esa es la parte más interesante de todas. El musical es sin duda alguna el género cinematográfico que el público más detesta. Por lo tanto, es en extremo difícil vencer distintos obstáculos y salir airoso ante semejante reto.

Ahora bien, puesto que en este tipo de films no se requiere de grandes y complejas historias –aquí podría reducirse a la frase: joven pianista de jazz conoce a una aspirante actriz en el lugar equivocado’– la clave del director Chazelle ha sido tal vez el dinamismo y ductilidad coreográfica de su puesta en escena.

Pero dado que eso no es suficiente, habría que ir un poco más allá, y valorar entonces el concepto visual y el vibrante colorido de la fotografía de Linus Sandgren que puntualiza con eficacia y gracia los diferentes tonos narrativos del relato, al tiempo que delinea también hasta la progresiva madurez de algunos de los personajes.

Protagonistas de “La La Land” en una escena de la célebre comedia musical.

El lirismo o sentido mágico de esta textura visual –tómese como ejemplo el baile en lo alto de una colina desde la que se aprecia la gran ciudad de Los Angeles– contribuye a transportarnos a la época dorada del musical, y sirve además como una herramienta vital para describir a una ciudad que juega también un rol en la trama como un elemento que simboliza aspiración, contrastes y destino.

Todo esto es lo que proporciona al film, con sus planos largos –la secuencia inicial y la forma de dar salida a la frustración del congestionamiento vehicular es innegablemente impactante– su colorido y pulso narrativo, esa atmosfera distinta, añeja y entrañable de la que está impregnada la película.

En virtud de la sencillez o simpleza de su historia, La la land, a la que por cierto, un minutos menos de metraje no le habrían hecho nada mal, no pretende llegar a donde no puede ni tampoco manipula a la audiencia, y aunque sus canciones no son lo que pueda llamarse un éxito instantáneo, al menos un par de ellas consiguen motivar y poner ‘en órbita’ al espectador.

De todos modos, lo que uno sí agradece es lo bien espaciados que se encuentran dichos temas, de manera que aquí no hay una canción cada cinco o diez minutos, lo que implica que también hay espacios para el drama.

El jazz, por otro lado, constituye una pieza clave del relato, lo cual no deja de ser un reflejo del amor del director por esta música, en un esfuerzo por revalorizar y replantear la misma a otras audiencias.

Pese a que lo hacen bien, ni Gosling ni Stone demuestran grandes condiciones para el canto o para el baile –nada comparado con el donaire de un Fred Astaire, Gene Kelly o Ginger Rogers– sin embargo, hay tal compenetración entre ellos que uno queda irremisiblemente cautivado por las sólidas y convincentes caracterizaciones de ambos, en especial Stone en un rol un tanto más complejo.

Esta historia sobre la consecución de los sueños o el precio que se ha de pagar por los mismos, como muy bien apuntala el ‘cierre invertido’ de la misma, representa un homenaje al musical, cargado de sentimiento, amor e indiscutiblemente mucha nostalgia.